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SACERDOTES MIRANDINOS


 
SACERDOTE JESUITA, PADRE SEBASTIAN SANCHEZ

En el libro de Juan Carlos Giraldo García, "Remate de los bienes de los Jesuítas en la provincia de Antioquia tras su expulsion en 1767", se hace alusión de un sacerdote nacido en Tequia y que colaboró con la evangelización en esta parte del país. "…En el colegio que los jesuitas dirigían en la Ciudad de Antioquia se reunieron nueve "notables" para llevar a cabo la orden real: El gobernador, el escribano, los alcaldes Francisco Antonio Otero Cossio y Antonio José de la Fuente, el contador Manuel de Aguirre y el tesorero Francisco José de Ossa, junto con Diego Hernández de Sierra, José Joaquín de Otero Cossio y Francisco de Lora, vecinos importantes de la Provincia. Los sacerdotes a expulsar eran: Sebastián Sánchez, de cincuenta y dos años, nacido en(Tequia, Santander- Colombia); José Salvador Molina, de cincuenta y ocho años, oriundo de Medellín; Manuel Vélez, de treinta y siete años, natural de la Ciudad de Santafé y Victorino Padilla, el rector, también original de Santafé, de cincuenta y cinco años. Los notables madrugaron para reunirse y dirigirse a la portería del colegio de la Orden, lugar al que llegaron a las cinco y cuarto de la mañana. Después de tocar la puerta, poco tardaron en ser atendidos y en entrar. El escribano, Juan Antonio de Orellana, procedió con la lectura de la Real Pragmática dictada por el Rey de España para expulsarlos: "[...] he venido a mandar se extrañen de todos mis dominios de España e Indias, Islas Filipinas y demás coadjutores a los religiosos de la Compañía. Así sacerdotes, como coadjutores, o legos que hayan hecho la primera profesión, y a los novicios, que quisieren seguirle: y que se ocupen todas las temporalidades de la compañía en mis dominios [...]" El contenido de la Pragmática no aclara los motivos por los cuales Carlos III decretó la expulsión. Una vez el escribano terminó de leer, los padres obedecieron e instantáneamente el Gobernador dio por ocupadas las "temporalidades", es decir, los bienes que poseían en Antioquia, los cuales pasaron a ser administrados desde el colegio. El Gobernador pidió las llaves, tanto de lo perteneciente a la comunidad como de aquello que contenían los aposentos ANG, Temporalidades, tomo 14, folios 142v - 143r. La ortografía original la modifique bajo los criterios actuales. 40 de cada uno de los mencionados sacerdotes, también de los escritorios, las arcas y de todos lo papeles comunes y particulares. El 5 de agosto de 1767, después que los notables terminaron de inventariar los cuartos de los padres Sánchez, Vélez y Molina, y los bienes a su cargo, salieron del colegio acompañados del alcalde ordinario Antonio José de la Fuente y de algunos soldados hacia el puerto del Espíritu Santo, para salir hacia la Villa de Mompox. Solo quedó en la ciudad el rector, entregando los censos, lista de deudas, capillas, iglesias, y demás bienes que la Orden tenía en Antioquia. El 17 de agosto de 1767, tan pronto finalizó la entrega, acosado por problemas de salud, partió hacia Mompox en compañía del teniente capitán José Joaquín de Solís y de Luís Hernández, designado por el Gobernador para acompañarlo al puerto de Espíritu Santo. Allí lo esperaban los otros tres jesuitas del colegio, a cargo de Antonio José de la Fuente. El padre rector no alcanzó a salir del virreinato, pues murió el 1 de enero de 1768 en Cartagena, debido a los "paroxismos" (ataques) que sufrió durante su traslado al puerto. Casi un mes después los jesuitas, sin la compañía del padre Victorino Padilla, se embarcaron, en el navío Loreto rumbo a La Habana. Tras veinte días de navegación llegaron el 9 de noviembre d 1767. El siguiente destino desde la Habana fue Cádiz. El viaje duró un total de noventa días. Llegaron cinco días después de la celebración de Año Nuevo, el 6 de enero de 1768. Seis meses después se les comunicó que debían abandonar España y partir hacia la isla de Córcega".

 

 PADRE EUSEBIO CORREDOR FLOREZ
Era oriundo de Tequia, había estudiado y enseñado allí mismo y ya como párroco en 1912, fundó la escuela de artes y oficios para señoritas y comenzó a usar para su parroquia, la denominación de San José de Tequia. Parece que debido a sus carácter fuerte tuvo problemas con sus feligreses y en 1914 fue reemplazado por el Padre Isidoro Miranda Morantes.


 
 


PADRE MAXIMILIANO ACEROS ARCHILA 1920-2004
(Hijo de don Trino Aceros y de doña Anastasia Archila) 
 
 Un sacerdote Eudista escribió sobre el Padre Maximiliano.
 
El P. Maximiliano Aceros Archila fue un eudista bien conocido en nuestra provincia de Colombia.
 
En San José de Miranda durante más de treinta años funcionó allí el “Instituto Apostólico” que acogía las vocaciones eudísticas de los Santanderes, Boyacá y Cundinamarca.

En 1934 conocí en segundo año al joven Maximiliano. Su nombre encabezaba la lista en la lectura mensual de las calificaciones de conducta y disciplina: “AA”. El Instituto funcionaba en un caserón, ubicado en la plaza del pueblo, donde estudiábamos 27 alumnos. Maximiliano cursaba el segundo año; los de primero éramos 17 y había cuatro en tercero. Nos orientaban los padres Jesús María Antolínez, Agustín Ortiz, Próspero Restrepo, Luis Samson y el hermano Alfonso Manrique. Vivíamos felices.
 

Disponíamos de un patio de recreo que se quejaba de polvo intenso cuando jugábamos “El Cazador” o la “Guerra” al estilo francés. Teníamos una capillita improvisada, resto de un antiguo templo parroquial; el dormitorio, el salón de estudio, seis piezas para los superiores, el comedor, la enfermería, la cocina y una “platanera”. En una finquita cercana, “Rosales”, se acondicionó la piscina, que era nuestro esparcimiento los miércoles y domingos. Todo esto se iría transformando, con voto de pobreza, entre los años 1934 y 1940, en lo que llegaría a ser el Seminario de Miranda.
 
Gozábamos mucho en las fiestas del 8 de febrero, durante el mes de María, en la solemnidad del 20 de octubre, del “Corpus Christi”, con el Superior y con las visitas del padre Provincial y hasta del General de la Comunidad.
 
Nos dejaban hablar en las comidas cuando llegaba algún párroco de las poblaciones vecinas: Carcasí, San Miguel, Enciso, Capitanejo o Málaga. En las comidas se leían novelas de Julio Verne u otras y efemérides o vidas de personajes ejemplares. Y hasta en latín las Reglas de san Juan Eudes, de alto contenido espiritual.
 
En este ambiente pasó Maximiliano sus cinco años de primera formación. Me parece verlo sudoroso en los recreos de medio día o en los paseo generales, trotando por los caminos veredales de El Pozo, Cruz de Piedra, Tierra Blanca, La Insula o bajando a los trapiches cercanos a “Popagá”, la vereda donde nació el “morraco” (lenguaje de don Trino) el 21 de febrero de 1920, en el hogar de don Trino Aceros y de doña Anastasia Archila. A los dos días de nacido recibió el bautismo en el templo de Nuestra Señora de los Remedios. Y cuatro años después monseñor Rafael Afanador y Cadena le confirió el sacramento de la confirmación.
 
Durante sus estudios se mostró inteligente y aplicado. Para 1937 no quedaban en su curso sino dos alumnos. Cuando el P. Antolinez proclamaba los “concursos” del mes, siempre oíamos: Primero: “Maximiliano Aceros”.
 
 En el año 1938 pasó a Usaquén, al Seminario San José, para iniciar el noviciado. El pueblo de Usaquén era muy diferente a lo que es hoy. Parecía dormir solitario al pie de los cerros orientales de la Sabana y solamente lo despertaba el agudo y penetrante silbato del tren mañanero. Abarcaba unas siete manzanas, pero su vecindario rural tocaba con el municipio de Chía.
 
El seminario San José era la construcción de más prestancia en la población; fue diseñado al estilo francés, ya que fue obra de los primeros eudistas llegados a Colombia. El claustro-jardín impresionaba bien. Junto a la “azotea”, contigua al templo parroquial, estaba la sala del noviciado. Y en el corredor, que se apellidaba “La Tebaida”, estaban los dormitorios. Al oriente del edificio se extendían, bien cuidados, el jardín, las canchas de juego, la gruta, la imprenta-editorial y el corral.
 
En San José se respiraba entusiasmo, oración, estudio y cordialidad. Las clases de filosofía y de teología se dictaban dentro del seminario. La formación era excelente; casi monacal. Las liturgias eucarísticas nos hicieron gustar los neumas de un “Gregoriano” de abadía. En esta casa pasará Maximiliano sus años de formación. Poco a poco fue recorriendo su itinerario hacia el sacerdocio. Recibió las órdenes clericales entre los años 1942 y 1946. Se ordenó sacerdote el 7 de julio de este último año.
 
¡Qué ilusión! Rápidamente, para agradecer a la Madre del Eterno Sacerdote, peregrinó al santuario de Chiquinquirá. Allá entregó silenciosamente su sacerdocio sobre la áurea patena del Corazón de María.
 
Leemos en alguna de sus peticiones de órdenes: “Mi deseo es servir a la Congregación de Jesús y María hasta morir”. Y murió al pie de su palabra.

Parafraseando el texto bíblico, podemos afirmar que “pasó haciendo el bien” en los diversos seminarios a donde la obediencia lo destinó: al juniorato de San Pedro, Antioquia, en dos ocasiones. Al Seminario de Santa Rosa de Osos, por dos años. Lo mismo que a Cartagena, (seis años, de 1949 a 1955 y en 1959 repitió), a Ocaña (dos años: 1956-1957 y repitió en 1968) a Florida Blanca (1965 a 1967) y a Tocancipá en dos oportunidades (1962-1964 y 1980). Estuvo encargado de la parroquia de Río de Oro (departamento del Cesar) de 1974 a 1980. Los discursos de la despedida dicen bien del aprecio que allí despertó. En este año pasó a la recién fundada parroquia de San Juan Eudes, en Bucaramanga, donde permanecerá hasta su muerte.
 
Nos correspondió a los dos iniciar en “Los Pinos” la formación de la Comunidad Parroquial… claro que sin templo, bajo la sombra de una ceiba, pero con el calor humano de esa gente maravillosa. El Padre se desplazaba para colaborar en diferentes parroquias de la ciudad. Los bumangueses lo llamaban simplemente “El Padre de la moto”.
 
Los domingos subía en su rugiente Lambreta (“Santropel”) al “Morro”, para ofrecer la eucaristía bajo la mirada del Corazón de Jesús y para orar con aquellas familias de obreros descomplicados. Con ocasión de sus 80 años ellos le ayudaron a cambiar la ruidosa moto por una elegante Suzuky…
 
Leo en la nota de su fallecimiento del 16 de enero de 2004: su servicio callado, oportuno y alegre fue la manera como cumplió su compromiso con la Iglesia. Los sacerdotes apreciaban su estilo de servicio, su don de consejo, su capacidad de acogida, la adaptación a las gentes humildes, la calidad de su predicación en circunstancias especiales.
 

Los padres Luis Eduardo Trujillo, José Trinidad Duarte y su hermano sacerdote, el padre Cayetano, nos proporcionan picarescos detalles acerca del padre “Aceritos”, como le decía con cariño las gentes de las barriadas.
 
Era una persona sencilla, descomplicada, casi hasta el descuido. Caritativo, prudente, sincero y muy tratable y perseverante en la amistad. Manifestaba inteligencia en su conversación; recordaba al pie de la letra, aún a los 83 años, las poesías que saboreó en tiempos lejanos de magisterio, lo mismo que los nombres de las personas con quienes se relacionaba con sorprendente facilidad sin importar su “estrato” social.
 
Hablaba de tú a tú con los deportistas en los estadios de fútbol y de béisbol. Hasta recibía aplausos de las tribunas cuando entraba con su sotana y su boina características.
 
Existen numerosas cartas suyas, escritas a mano, con su inconfundible caligrafía, en que da cuenta a sus superiores mayores de sus diversas actividades apostólicas. Quiero resaltar algunos detalles que nos regala el padre Cayetano Aceros Archila recordando a su hermano sacerdote.
 
En los últimos años se interesó mucho por su familia y su casita, que apellidó “Betania” y por su vereda natal, al mismo tiempo que aportó mucho a la pastoral en la diócesis de Málaga-Soatá.
 
La comunidad eudista le permitió compartir con su familia, con su vereda y con su provincia “rovireña” los últimos años de su vida. Quería respirar el aire campesino de su tierra. Llevó a su casita la televisión, la línea telefónica y la comodidad del momento. Ese rinconcito era un oasis de quietud, verdadera “Betania” sombreada de palmeras y árboles frutales. Allí recibía a sus amigos, que lo visitaban de muchas partes y con los cuales disfrutaba la amistad de corazón abierto.
 
En el mes de junio celebraba, en ambiente de plegaria, la fiesta campesina de “La Gallina”. Se decoraba la casa, se disponía el altar con la imagen del Corazón de Jesús, se celebraba la eucaristía y se hacía la consagración de la familia al Rey de reyes. Claro que no faltaba el almuerzo sustancioso con sabor a gallina de corral. El pueblo de Miranda heredó esta bonita costumbre de su fundador, como medio para conservar la hermandad en los hogares.
 

El padre Maximiliano era “trochero”. Se movía por los pueblos vecinos, Málaga, Enciso, Concepción, pero especialmente dentro de su amada parroquia de Nuestra Señora de los Remedios. Prestó un servicio invaluable con el sacramento de la reconciliación, incluyendo las comunidades religiosas. Había recibido el título de “Canónigo Penitenciario” de la Diócesis.
 
Pero llegó el momento final, lo inesperado. Como presagiando la muerte, le insistió a su hermano Sacerdote, el P. Cayetano, que se tomara unas vacaciones “larguitas” y que lo acompañara para visitar y “desandar” por el campo, en sano esparcimiento.
 
A mediados de enero de 2004 se sintió indispuesto. Se hizo trasladar al hospital de Málaga, pero los cuidados médicos no lograron impedir el paro cardíaco. Murió el viernes 16 de enero, a las 11:50 de la mañana.
 
A todos nos impresionó su muerte. En el mes de diciembre de 2003 se dio su paseíto por Bogotá. Nos visitó con la deferencia de siempre. Nos trajo los frutos de su tierra. Quesitos, panuchas y el delicioso batidillo.
 
Con sincera gratitud, el señor obispo Monseñor Darío de Jesús Monsalve, presidió el entierro y destacó los valores y virtudes del padre Maximiliano. Estaba rodeado de unos 17 sacerdotes.
Paz sobre la tumba del sacerdote amigo y sencillo. Y hasta que nos encontremos de nuevo…

 
 
PADRE EDMUNDO CASAS SUAREZ 1925-2000
(Hijo de Pedro M. Casas Mendoza y María Eva Suárez Suárez)

 
Escribió Samuel González sobre el Padre Casas
 
El aprecio que siempre sentí por el padre Edmundo Antonio, me mueve a escribir estas notas. El álbum de recuerdos de sus hermanas y sobrinos me ha proporcionado los datos y los detalles que aquí consigno. A ellos mi agradecimiento.

Fácilmente reproduzco en mi memoria la figura y la personalidad del Padre: digno en su porte, sencillo en su trato, alegre en su compartir, detallista en su amistad. Y ante todo un sacerdote amable.
 
 

Infancia y juventud
 
Nació en San José de Miranda (Santander) el 14 de febrero de 1925. Sus padres : Pedro M. Casas Mendoza y María Eva Suárez Suárez. Don Pedro vino de la población de Herrán (Norte de Santander). Ella había nacido en las tierras de García Rovira y llevaba en su alma la impresionante belleza de sus laderas. Él era escultor y ebanista y ella, decoradora y excelente modista. Ante todo, esta pareja llevaba a Dios en el corazón y de verdad se amaban bajo su mirada. Estas cualidades se proyectaron en el corazón de Edmundo. Fueron su rico ancestro.
 
Fue el único varón de la familia. Se comprende por qué sus hermanas Lolita, Elba, Maruja, Mercedes y Teresita le dieron tanto cariño.

Entre sus familiares se cuentan el padre Nicanor Suárez, quien hizo estudios de medicina para auxiliar a la gente pobre; las primas Socorrito Jurado y Mercedes Gómez Casas, betlehemitas.
 
La población de Miranda fue el fruto de la “potente voluntad, asombrosa” del padre Isidoro Miranda (Dr. Ortiz González). Él imprimió en el corazón de “los Pozanos” un convencido sentido del cristianismo; en las puertas de cada casa aparecía una tablilla con estas palabras “Viva Cristo Rey”. Poco a poco se fue levantando el magnífico santuario de Nuestra Señora de los Remedios, templo gótico, orgullo de los “mirandinos”. Una de las fiestas características era la solemnidad del Sagrado Corazón, en la que cada familia renovaba su consagración al amor de Jesucristo. Ese día no podía faltar “la gallina” ni el compartir con los vecinos platos deliciosos, mientras tremolaba por los campos el tricolor de la Patria y se escuchaba el eco de la pólvora. Admiré siempre la valentía de aquellas gentes, lo mismo que su sentido de hospitalidad.

Este es el marco en que corrió la niñez y la juventud de Edmundo. Era un muchacho sano, alegre, picarón y entusiasta para los deportes. Desde muy pequeño sirvió de acólito en la capilla de las hermanas dominicas, que por entonces tenían a su cargo la Normal Femenina. Recibió la primera comunión a los seis años y a los doce entró al Instituto Apostólico, dirigido por los padres eudistas. Guardó inmarcesible gratitud hacia quienes lo acompañaron en sus años de formación: Jesús M. Antolínez, Marcos E. Gelves, Próspero Restrepo y tantos otros. Piadoso, aplicado, buen compañero. Con estas calificadas señales pasó al noviciado eudista de Usaquén (1942).
 
 

Ordenación y obediencias
 
La inmensa sabana de Bogotá era para él un símbolo de sus ambiciones. Por quebrantos de salud, los superiores lo ubicaron en el seminario de Santo Domingo, en Cartagena. Allí adelantó sus estudios de Filosofía y de Teología, al mismo tiempo que prestaba servicios en la sección del seminario menor. Disfrutó así de la compañía de padres franceses y colombianos. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de agosto de 1949. Se prepararon festejos en Herrán y en su querido Miranda.
 
La vida en los seminarios crea hábitos imborrables, convicciones firmes. Se alternan los ejercicios de piedad, la eucaristía, el estudio y la recreación, siempre en estado de gracia. Y eso es estimulante para formadores y alumnos. En este ambiente, el padre Edmundo pasará los 15 años siguientes como sacerdote y profesor en Bucaramanga, La Grita (Venezuela), San Cristóbal, Maracaibo, Mérida, Caracas. Era un magnífico decorador; él preparaba los telones para las academias literarias y los dramas que se representaban en las grandes fiestas.
 

Bucaramanga


Hacia el año 1962, su mamá cayó enferma; entonces solicitó a sus superiores el permiso de permanecer en el seno de su familia; era el único varón y urgía su presencia. Nueve años estuvo “lidiando” a la enferma. Era de admirar el modo tierno como la mimaba. Ahora le devolvía todo el cariño que había recibido de ella. Don Pedro ya estaba muy impedido, lo mismo que la tía Eugenia. Por eso continuó con los suyos. Aceptó del Señor todas estas pruebas con admirable valentía.
 
No se limitó su dedicación a la familia, sino que dio comienzo a 35 años de apostolado en la ciudad de Bucaramanga, en donde se le conoció con el nombre de “el padre Casitas”. Se le confió la capellanía de las hermanas del Buen Pastor, encargadas de niñas difíciles e igualmente de un colegio oficial. Con tenacidad se dedicó a las clases de catecismo, a la recuperación espiritual y psicológica de las alumnas, a la atención de las liturgias y al confesionario.

A la capilla del Buen Pastor acudían personas de diferentes partes de la ciudad para las misas dominicales. Allí se celebraba la eucaristía con dignidad y entusiasmo. Durante la semana, acudían también por turno las alumnas del colegio “La Niña María”. Ellas aprendieron a ser pequeñas misioneras con sus ofrendas e inocentes plegarias. En la Semana Mayor, las ceremonias eran impresionantes. Los penitentes esperaban pacientemente el momento de su reconciliación, hasta altas horas de la noche. En este ambiente se esperaba el gozo del Aleluya Pascual. Los meses de mayo y octubre destilaban piedad y se hundían en filiales reflexiones marianas. Durante treinta años lo vemos acudir a las clínicas y llegarse a la cabecera de muchos enfermos, siempre con entera disponibilidad. Sólo Dios sabe el bien que hizo.
 
El 14 de agosto de 1974 celebró sus bodas de plata. Se preparó con un fervoroso retiro espiritual en una de las casas del Buen Pastor, en Bogotá, siempre esquivando cualquier agasajo. Lo acompañaron algunos sacerdotes amigos. Aquella fecha dejó en su espíritu un sentimiento de inagotable gratitud: “Gracias infinitas por los incontables regalos del buen Dios” (S. Juan Eudes).

A partir de 1980 se inició la parroquia de San Juan Eudes y desde entonces estuvo muy cerca de la comunidad de los eudistas. Mantuvo siempre excelentes relaciones con el seminario de la Arquidiócesis, en donde dictaba clases de latín e inglés. Dirigió el montaje del laboratorio de fonética para facilitar el trabajo pedagógico.
 

El Padre adquirió merecida fama por su “pesebre navideño”. Concursó durante 25 años y se le declaró fuera de concurso ya que superaba a todos los que se elaboraban en la ciudad. Cada año era diferente, creativo. El decorado lo realizaba con exquisitez de artista. Las luces y sus cambios matizados no podían ser mejores. Adquirió una técnica envidiable. Atendía a los visitantes con sencillez. Los detalles eran primorosos. La música debía ser muy seleccionada. En honor al misterio del “Díos con nosotros”, se esmeraba por retratar la naturaleza con la más cuidadosa perfección, como otro Francisco de Asís.

En esta oculta labor apostólica y en sus delicadas atenciones para su familia se fueron pasando los años. Quedamente fue llegando 1999. Sus bodas de oro no podían pasar desapercibidas. El Padre no se veía envejecer. Para su retiro espiritual escogió el “Foyer de Charité”, en Piedecuesta. El padre Rafael Díaz lo rodeó de su sacerdotal afecto. Lo acompañó en la eucaristía; le habló... aludiendo al poema del padre Rodolfo E. De Roux, “El guayacán amarillo”, comparó su vida con ese árbol aislado y resistente que le da cobijo y abrigo a las flores, a las aves y a los vientos.... sin doblegarse. Aquella fue una fiesta primorosa. Unos setenta sacerdotes le ofrecieron su homenaje y aprecio y le impusieron una condecoración. Otro tanto hizo la Gobernación del Departamento, que le otorgó la mención de “Ciudadano meritorio” y la de “Servicios de alta calificación”. Por iniciativa personal, él había colocado en aquel recinto la imagen de la Virgen del Carmen, decorada con sus propias manos.
 
 

Etapa final
 
Al referirme a sus últimos días, prefiero darle la palabra a “Loly”, la hermana que lo atendió con entrega total. Llegó esta amarga realidad. Durante los meses de noviembre y diciembre de 1999 se sometió a un tratamiento ambulatorio, pero a partir del 21 de diciembre debió ser internado en la clínica Santa Teresa; el 28 fue operado y su estado de salud fue empeorando por la falta de defensas. Murió el 21 de enero de 2000.
 
Durante su enfermedad fue muy visitado: junto a él estuvieron los señores Arzobispos Víctor Manuel López y Héctor Rueda Hernández, muchos sacerdotes y religiosas y las personas que de verdad lo estimaban y querían. En su natural timidez, se sentía apenado porque se preocupaban por él.
 
El cadáver fue velado en su capilla del Buen Pastor. La cantidad de flores hablaba en silencio de sentimientos ocultos. Subieron muchas plegarias al cielo por él en ambiente de eucaristía. Acompañado por unos ochenta sacerdotes y por sus seminaristas y fieles que llenaron el templo de los padres jesuitas, se celebraron las exequias. Homilía impresionante, palabras del Dr. Carlos Alberto Porras a nombre de la Gobernación, del joven Helmer Mauricio Jaimes, de la señorita Lucila Peñalosa (de las eudistinas), la ofrenda musical del conjunto “Adarme-Salazar”, el canto del “Ave María” ejecutado por Rosarito Prada Jaimes... todo esto hizo el desfile triunfal del sacerdote y del amigo que nos decía adiós .
Termino esta semblanza repitiendo lo que dije al visitar su casa un año después: “La casa sin él impresiona. El padre Edmundo con su sotana blanca era aquí una azucena de jardín”




PADRE EFRAIN ACEROS
Por Nicolás Bermúdez

El 5 de agosto de 1995 falleció en San Cristóbal el P. Efraín Aceros. Hijo de Simón Aceros y Rosalía Castellanos, nació en San José de Miranda, Colombia, el 9 de mayo de 1907. Llamado por el Señor a la Congregación de Jesús y María, hizo sus estudios de bachillerato en el juniorato de San Pedro, la Filosofía y la Teología en Usaquén. Se incorporó a la Congregación el 2 de julio de 1931. Fue ordenado sacerdote el 19 de agosto de 1934.

Dedicó sus primeros 25 años de ministerio a la formación de sacerdotes en los Seminarios de Pamplona, San Pedro y Ocaña (Colombia) y desde 1949 en La Grita, Mérida y Maracaibo (Venezuela). Simultáneamente con el trabajo del Seminario y particularmente en vacaciones, recorría los pueblos y campos de la antigua Arquidiócesis de Mérida, invitando a los jóvenes que encontraba aptos a dedicar su vida el servicio del Señor. Muchos fueron los que oyeron por su ministerio el llamado del Señor. En el Seminario los acompañó en el proceso de su formación al sacerdocio con su enseñanza y su ejemplo de pastor.

Pastoral universitaria

Sintió que la juventud de Mérida que se formaba en el Liceo Libertador necesitaba ser evangelizada y allí se hizo presente. Los antiguos liceístas recuerdan hoy sus métodos y su exigencia en el cumplimiento de las tareas apostólicas que les encomendaba. La celebración de la primera misa en el Liceo fue un acontecimiento cuidadosamente preparado y solemnemente vivido. Se hacía presente una pastoral adecuada a las necesidades de los estudiantes.

Por las décadas de 1950 y 60 en la Universidad de los Andes, que había nacido en el Seminario, cundía la influencia marxista. El P. Aceros, con una pastoral universitaria original, por medio de cursillos de líderes, penetró en la vida y en las organizaciones de estudiantes y profesores. Por entonces las colonias estudiantiles del Zulia, Lara y los Estados de Oriente eran las más numerosas. Entre ellos consolidó equipos de formación y acción cristiana. Los acompañó desde su entrada al mundo universitario hasta la culminación de sus carreras. Y a los profesionales que había formado los guió a lo largo de su vida. Los equipos se siguieron reuniendo bajo su dirección y algunos de ellos se reúnen hoy como amigos, como apóstoles en el ejercicio de su profesión. Es así como, por toda la geografía de Venezuela, el P. Aceros es reconocido como el mentor espiritual de aquella generación de universitarios y recordado como el amigo que siempre estuvo a su lado, particularmente en los momentos difíciles.

Fundó en Mérida, a más del Movimiento Universitario Católico, Universitas, agrupación de universitarios católicos, la Legión de María, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad, Charitas, que a lo largo de los años han dado los mejores frutos en la formación de los líderes cristianos de la Arquidiócesis.

Era el hombre práctico que supo dar respuestas adecuadas a las necesidades del pueblo. Con los estudiantes de la Universidad de Los Andes se ocupó de los más abandonados, como son los presos de la cárcel, las familias pobres de los barrios, los ancianos que viven en la soledad y en el olvido de sus familiares. Ocuparse de ellos era la tarea habitual que ponía a liceístas y universitarios.

Particular interés tuvo por los limpiabotas de la ciudad. Los visitaba en su lugar de trabajo, los invitaba a encontrarse como colegas, hasta fundar con ellos una Organización de Niños Limpiabotas.

La Locha de Dios

Pero su obra social más original y significativa fue el programa de “La Locha de Dios”. El principio impulsor es la solidaridad de los pobres con los pobres.

El mecanismo operativo es muy sencillo: la distribución de alcancías debidamente señaladas en bodegas, mercados, bancos, lugares públicos para recoger el dinero “sencillo” restante de una compra; una rigurosa organización que garantiza que lo recogido llega a sus destinatarios, los más pobres. Las Actas de la Administración registran en Mérida más de dos mil casos atendidos: hace posible la adquisición de la vivienda, la constitución de una pequeña industria familiar, el pago de la cuota del carrito por puesto a un padre de familia, los cuidados médicos a un enfermo pobre, el pago de una beca a un estudiante sin recursos. Su organización pintoresca es la respuesta adecuada a necesidades de un pueblo pobre.

La eficacia de la organización hace posible que se extienda por los Estados Andinos y por Barinas. Luego de más 35 años aún existe en algunos lugares, pero existe en el recuerdo agradecido de los miles de personas que recibieron sus beneficios y que testimonian que la casa, la pequeña industria casera o la profesión que les garantiza la subsistencia de la familia la deben a la organización de “La Locha de Dios”

Misionero itinerante

Luego de un breve paso por el Seminario de La Grita y de Maracaibo, donde dejó huellas profundas, recibe el llamado de Mons. Rafael Ángel González, Obispo de la nueva diócesis de Barinas. Habitado por el carisma de San Juan Eudes, sacerdote misionero, siente que es el llamado al ejercicio de su propia vocación. Durante 26 años será el misionero inquieto que se hace presente donde es más necesario. Las comunidades de Libertad, Santa Rosa, Dolores, Mijagual, Sabaneta, Nutrías, Puerto Nutrias, Capitanejo. Pedrasa la Vieja, Charneta, Socopó, El Quinó (Edo. Mérida), Barinas, Valencia, Tabasca (Edo. Monagas) recibieron de su celo apostólico la renovación de la vida cristiana y el acompañamiento en su crecimiento espiritual.

Su método misionero era tan sencillo como él mismo. Inserción en la vida del pueblo, conocimiento de la situación de cada familia por la visita amistosa, el compartir la vida del pueblo con sus alegrías y festividades y con su dolores y necesidades; la catequesis que les recordaba su dignidad de bautizados y sus deberes y responsabilidades en la familia y en la comunidad, la preparación inmediata a la recepción de los sacramentos, la participación frecuente en la celebración de la Eucaristía, la promoción de la devoción a la Virgen María, Madre de Jesús, por medio del rezo del Rosario.

La experiencia de su obra social en Mérida lo lleva a encontrar un medio adecuado al ambiente campesino de los Llanos, para ofrecer a los más pobres medios de subsistencia. El nombre que da a la nueva organización es tan original como la obra misma: “El cochinito de Dios”. Entre sus antiguos amigos de la universidad recauda fondos para proporcionar a los campesinos una pareja de cochinitos que los beneficiarios crían y del primer parto deben regalar un par de cochinitos al vecino. Así poco a poco establece una red de cochineras domésticas. Luego será “La ternera de Dios” que funciona de la misma manera. Allí no se habla de dinero ni de créditos bancarios, se vive la solidaridad y la relación interpersonal entre las familias campesinas. Sin duda que todo está respaldado por una organización y es la oportunidad de las visitas y de los contactos pastorales. La sonrisa de aprobación es el gesto del reconocimiento de la eficacia del método: hacer presente a Dios como Padre providente y misericordioso en la vida del pobre.

El misionero de Arismendi


Arismendi es la zona más apartada del estado Barinas. No tiene comunicación por carretera con la capital del Estado. El clima es ardiente llanero. Los habitantes, gentes sencillas al margen de los beneficios que debieran recibir en educación, salud, trabajo, promoción.

Hace cincuenta años no hay allí un párroco fijo. Un sacerdote los visita con motivo de las fiestas patronales. El señor obispo somete a la consideración del clero la situación de pobreza espiritual y humana de esa enorme porción de su diócesis. Ninguno se siente animado a asumir esta responsabilidad pastoral. Al saberlo, el P. Aceros dice al obispo: “Si esa es la situación, es allí donde yo debo ir”. Tenía entonces 73 años. Y allí fue enviado por el señor obispo y allí vivió como buen pastor durante ocho años.

Reconstruyó la iglesia y las viejas capillas, restauró las imágenes y los vasos sagrados que recuperó en las casas de las familias cristianas. Se hizo un campesino más. Conviviendo con sus feligreses les enseñó el amor misericordioso de Dios, les enseñó a orar. Su salud ya era débil. Frecuentemente en sus correrías le venían ataques de asma. Cuando la asfixia le impedía recorrer las calles y los campos, invitaba a los fieles a venir a la iglesia y a estar frente al Señor en silencio, cuando con ellos no podía hacer las oraciones vocales.

Tantos años de abandono hicieron de esta región presa de las sectas. Se requería una presencia continua y una evangelización, una catequesis y una asistencia permanente a todas las carencias de las comunidades. Solo no podía responder a tantas urgencias. Ideó con las hermanas Sara Restrepo y Nidia Sánchez la constitución de un equipo de catequistas que se encargara de la formación cristiana en las escuelas y en los campos. El equipo recibió el apoyo del obispo. Soñaban en llegar a ser una congregación diocesana dedicada a la evangelización y la catequesis de esta región tan necesitada. Y juntos se entregaron a la tarea evangelizadora.

Al comprobar la ignorancia religiosa y sus propias limitaciones, el padre Aceros ideó lo que llamó “La cruzada del Ave María”. Algunos la sabían desde niños, los demás la aprendían poco a poco y en torno a esta oración privilegiada les enseñaba los misterios fundamentales de la salvación. El Ave María llegó a ser la barrera de defensa contra los embates de las sectas.

Apóstol evangelizador, se desgastó y se consumió en el amor a Jesucristo y al servicio de los pobres. Viniendo de Arismendi al llegar a Barinas un infarto le partió el corazón. Incapacitado para el ejercicio de la misión como hasta entonces la había vivido, se abre una nueva etapa de seis años de apostolado, ya recluido en la casa y bajo el cuidado sin igual de las Hermanas que lo habían acompañado en el trabajo pastoral. Es la etapa de la entrega total a la oración. Se ocupa ante Dios de cada uno de los que han sido el objeto de su dedicación apostólica. Sus dirigidos lo visitan y reciben el consuelo en sus penas, la enseñanza de su palabra y de su testimonio, el apoyo de su oración y la gracia del sacramento de la reconciliación.

Obispos, sacerdotes, laicos de todas partes acuden a él. Para todos es el consejero prudente y el animador que siembra fe y esperanza. Está bien enterado de cuanto sucede en la Iglesia y en el país. Lento en sus movimientos, su mente es siempre inquieta. Sigue de cerca la vida de personas y de lugares donde ha misionado.

Cuando el clima ardiente y las dificultades le hacen difícil vivir en Barinas, va a San Cristóbal, donde pasa los dos últimos años de su vida de enfermo orante.

Presintiendo ya el momento de consumación en la muerte, pide la Unción de los Enfermos. El P. Carlos Álvarez dice que la recepción de los últimos sacramentos fue un canto de fe y de esperanza, un encuentro gozoso con el Padre Dios, de quien se sentía amado y a quien amó con todo su ser.

Sabiendo ya de la cercanía de su muerte con Mons. Baltazar Porras, arzobispo de Mérida, vimos que habiendo dado lo mejor de su vida a Mérida, era allí, en el cementerio de los sacerdotes, recientemente construido, donde debía reposar. En esa ciudad era conocido y justamente apreciado.

El sacerdote humilde, sencillo y pobre, el formador de sacerdotes y el evangelizador y formador de una generación de cristianos y universitarios recibió en el momento de su entierro el testimonio más fehaciente del valor de la obra que el Señor quiso realizar por su mediación y ministerio. Hacía 26 años había dejado a Mérida. La noticia de su muerte fue conocida por algunos de sus amigos que se hicieron presentes para la misa exequial. No podían callar y espontáneamente dieron testimonio de su vida y de su obra como sacerdote eudista. Los que fueron interrumpidos en la capilla del Seminario tomaron la palabra, animados por el Arzobispo, en el cementerio, en el momento de colocar su cuerpo en la bóveda. Fue el revivir una etapa muy significativa de la vida de la Arquidiócesis.

El Movimiento de Cursillos de Cristiandad que el P. Efraín Aceros inició y acompañó en su desarrollo, en los considerandos de su homenaje nos hizo saber cómo también fundó en Mérida la Legión de María, el Movimiento Universitario católico (MUC), la agrupación Universitas, Charitas Diocesana, pero sobre todo fue el consejero y director espiritual de muchos estudiantes, profesores y directivos universitarios, el sacerdote que se identificó con los pobres y marginados ofreciéndoles los medios adecuados para la solución de sus necesidades.

De Maracaibo, Valencia, Caracas, Barinas, San Cristóbal, de diversos lugares del Edo. Mérida vinieron los que tuvieron noticia de su muerte a dar testimonio vivo de lo que la acción apostólica del P. Aceros significó para su vida. La ceremonia del entierro fue presidida por el Sr. Arzobispo Baltazar Porras y por Mons. Antonio López, Obispo de Barinas, por sus hermanos eudistas y sacerdotes diocesanos. El Gobernador de Barinas y su esposa, diputados, concejales de los diversos pueblos por donde pasó como misionero, vinieron a rendirle homenaje.

Durante el novenario de oraciones después de su muerte, celebrado en el Seminario de Mérida, sus amigos se sintieron necesitados de decir su testimonio de reconocimiento a quien había sido su guía espiritual. Algunos de ellos narraron lo que consideraban verdaderos milagros obtenidos de Dios por la mediación de sus oraciones.

El Eudista, evangelizador - formador

El Señor le concedió la gracia de vivir sesenta y cuatro años de vida eudista y sesenta y uno de sacerdocio. Todos lo recordamos en su original modo de ser con su estilo propio, inquieto, andariego, presente en donde lo necesitaban. Interpretó y vivió el carisma de la Congregación en su entrega en la promoción de las vocaciones, en la formación de los seminaristas y en el acompañamiento de los sacerdotes. Lo vivió plenamente como el misionero itinerante, al estilo de san Juan Eudes, renovando la fe en el pueblo creyente, ocupándose de modo muy eficaz de los más necesitados.

Vivió continuamente en referencia a la comunidad y en sintonía con sus obras. Tenía un culto muy particular por sus superiores, a quienes informaba de sus “locuras apostólicas”. Durante sus seis años de enfermedad nos pedía hiciéramos saber al padre General que no hacía otra cosa que orar por él y por todos los hermanos. Se interesaba de modo especial por los jóvenes en formación.

El P. Efraín Aceros es un modelo de sacerdote fiel a su vocación y plenamente consagrado al servicio de Cristo y de su Iglesia. Por eso quienes lo conocieron de cerca decían: ¿Por qué no introducir su causa? ¿Qué otra cosa se requiere para ser modelo de santidad sacerdotal?

De todos modos sus hermanos nos sentimos muy orgullosos de ese viejo eudista que nos enseña el camino y nos anima con su ejemplo.


 
PADRE MARIO ALBERTO HERNANDEZ MEDINA

(
Hijo de Don Paulino Hernández y Doña Rosadelia Medina)

 
Domingo 21 de febrero de 2010. Los conjuntos musicales desfilaban uno tras otro en la mañana en la iglesia San Juan Bautista del barrio Guaimaral de Cúcuta: papayeras, duetos, violinistas, orquestas. Era algo impresionante. Todos querían brindarle la última serenata a su guía espiritual, a su amigo y a quien fue su párroco en las iglesias la Santísima Trinidad, Perpetuo Socorro, Las Angustias, San Martín de Tours, Torcoroma de La Libertad, y Guaimaral. Y a quien fue su capellán por largos años en la cárcel de mujeres y en la Normal María Auxiliadora, y su coordinador de disciplina en el Seminario Mayor. Desde el sábado en la noche en que se expuso el cadáver en el centro del templo, se habían sucedido las congregaciones religiosas y los laicos que encabezaban las oraciones. Entre  tanto, una hilera interminable pasaba lentamente; todos querían contemplar por última vez el rostro del amado pastor. Algunos lloraban vivamente.
 
En la misa fúnebre, presidida por el señor obispo Jaime Prieto Amaya y concelebrada por una veintena de sacerdotes, los feligreses llenaron la iglesia y el atrio. Al final, entre un batir de banderines blancos y con el hermoso himno “Qué detalle, Señor”, el padre Mario Alberto Hernández Medina, dentro del ataúd de caoba cubierto por su estola, abandonó la última parroquia a la que había servido por cerca de cuatro años. Esa misma tarde sería sepultado en los Jardines La Esperanza. Había dejado una huella de amor, de respeto, de fe y de entusiasmo.
 
Cuando un orador dijo en la misa que no era día de duelo sino de fiesta porque entraba un alma al cielo, recordé esas mismas palabras que él pronunció en el sepelio de mi padre, palabras que en aquellos momentos me dieron gran fortaleza. Como buen pariente que era nos presidió bautizos, matrimonios, bodas de oro y funerales en la familia. Para la última noche del novenario de mi madre me pidió una foto de ella con sus hijos. Mario se tomó el trabajo de escanearla y de montarle una bella leyenda, “El día en que esté viejo”, y me la entregó en esa ocasión. La mandé enmarcar y la puse de adorno en mi alcoba.      
   
El padre Mario también ejerció su apostolado en parroquias de Cali, Pasto, Barranquilla, Socopó (Venezuela), y Ocaña; en ésta fungió de profesor en el Seminario del Dulce Nombre en la postrera época en que los eudistas lo manejaron. Influyó notablemente en la orientación del joven Eulises Gutiérrez Clavijo para que abrazara el sacerdocio. “Chiche” logró su ideal, pero infortunadamente falleció pronto.
 
Su dolencia cardíaca era antigua, mas en octubre del año pasado comenzó su calvario de citas médicas, de aplazamientos, de falta de esto o aquello, y en enero, en que estaba programado un cateterismo que le hubiera salvado la vida, una nueva traba surgió. Comentaba alguien que si esto le hacen a un personaje, a un sacerdote afamado y querido por muchos, ¿qué le espera al pobre ciudadano anónimo?  Ahora, a tantas indolencias y obstáculos para devolverle la salud y la vida a la gente los llaman el paseo de la muerte, y llega uno a preguntarse si el padre Mario Hernández fue otra víctima de tan infame práctica.
 
Apenas había cumplido 69 años, 40 dedicado al sacerdocio, ejercido en buena parte en este departamento que lo acogió como hijo suyo y al que él quiso con el alma, sin olvidar nunca su terruño de San José de Miranda.
  
Isolina, su hermana, y sus hijos, saben que compartimos su dolor porque también para nosotros Mario era el hermano cercano, el amigo, el consejero que no adornaba las cosas sino que las decía de frente, el sacerdote al que admirábamos y el contertulio de  momentos de solaz. Ah, y Croniquilla pierde a uno de sus devotos lectores y comentadores.

 


PADRE ESTEBAN MENDOZA
PADRE FELIX CORZO (Hijo de Don Esteban Corzo)
 
 
PADRE CAYETANO ACEROS ARCHILA (Hijo de Don Trino Aceros y Doña Anastasia Archila)
 
 
PADRE FLORENTINO CARREÑO, Amparo Roa, PADRE LUIS ELIAS RUIZ y Jorge Rincón R.
 
 
PADRE LUIS ZABALA HERRERA


 
 
 
PADRE MARIO PINZON OLEJUA (Hijo de Don Faustino Pinzón Y Doña Ernestina Olejua) El mayor de 6 hermanos (Luis Arturo, Flor Marina, Gilma Rosa, Lázaro e Inés).
Hizo sus  estudios de bachillerato en la Escuela Normal Isidoro Miranda, donde obtuvo el título de bachiller Normalista...
Actualmente es Sacerdote Salesiano, al servicio de la popular parroquia del Veinte de Julio en la ciudad de Bogotá.
 

PADRE RAFAEL DUARTE ORTIZ
(Hijo de Don Aquilino Duarte ... ) Nace el 8 de enero de 1961. Inicia sus estudios primarios en la Vereda de Cruz de Piedra, posteriormente  los estudios de secundaria los inicia en la Escuela Normal Isisdoro Miranda, pero finaliza su ciclo de educación media en el Instituto Técnico Industrial de Málaga. Actualmente está en cooperación misionera en la Diócesis de Barbastro- Monzón (España)
Ordenación. 26-11-88
 



 
PADRE MARCOLINO RODRIGUEZ TOLOZA (Hijo de Don Marcolino Rodríguez y de Doña Inés Toloza) Nace el 12 de octubre de 1960, en el hogar católico de Don Marcolino y Doña Inés. Sus estudios primarios los realizó en la escuela urbana "Francisco de Paula Santander"; La educación secundaria la culminó en la Escuela Normal "Isidoro Miranda",donde fue un estudiante destacado.
 Ordenación. 25 - 09 – 92


PADRE FLORENTINO CARREÑO y PADRE LUIS ELIAS RUIZ

PADRE RAÚL ÁLVAREZ BASTO, ahora está en España en servicio pastoral.
 
 
 


Fraile Franciscano conventual. FRAY SIDIFREDO CHAPARRO GUALDRÓN de un convento en Medellín

PADRE MIGUEL ADOLFO SUAREZ MALDONADO

PADRE JOVINO GOMEZ

(Estimados paisanos si ustedes conocen alguna biografía de estos Ilustres sacerdotes de San José de Miranda, o algún correo electrónico o direccción de alguno de ellos, les agradezco me las hagan llegar a cualquiera de mis correos electrónicos que pongo a continuación:
jovrincon59@hotmail.com  
)

 

 


ORACION A LA VIRGEN DE LOS REMEDIOS

¡Oh! soberana Señora y Madre amorosísima, gloriosa siempre Virgen María de los remedios, yo te suplico me recibas en el piadoso pecho de tu misericordia, como esclavo perpetuo tuyo y con singular protección me ampares y favorezcas ahora y en la hora de mi muerte; en tu piedad amorosa pongo toda mi esperanza, todo mi consuelo, todas mis penas, para que con tus ruegos misericordiosos encamines todas mis obras y pensamientos a la mayor gloria de Dios y honra de tu Unigénito Hijo, Jesucristo Nuestro Señor. Amén


VISTA SATELITAL
ELOCUENCIA


Allá tras de las montañas, bajo el cielo estrellado,
está San José de Miranda cual tesoro acrisolado,
todos le estamos cantando porque nos ha inspirado.

¡Oh si! sencillito pero honesto es mi pueblo acogedor,
invencible en las luchas como fue su fundador,
quien nos dejó patrimonios de gallardía y pundonor.

En su terruño aprendimos a tejer de espinas rosas
y a hacer de cada tropiezo, alas de mil mariposas,
para volar por el mundo haciéndote conocer
como a la patria querida que un día nos vio nacer.

Es San José de Miranda el terruño encantador
que nos impregna en la sangre honestidad y honor,
para decirle al mundo ¡soy mirandino señor!,
por eso somos frenteros rellenitos de folclor,
porque allí nos enseñaron de la vida lo mejor.

Nuestra patria es bendita, privilegio celestial,
de nuevo con Seminario, toca su marcha triunfal
para servir de regazo donde se pueda gestar
vocaciones consagradas en vida sacerdotal.

Ya muchos seres queridos se marcharon para el cielo,
pero eso sí, nos dejaron frutos de grandes anhelos,
con sabiduría innata, su tesón y sus desvelos.

¡Arriba patria querida!
no te dejes rezagar,
mira que eres consentida del que sabe amar,
el Creador del universo, que es el que te hace triunfar.

Mery Corzo Suárez

A SAN JOSE DE MIRANDA


Vagan solitarias muchedumbres
cumpliendo con esfuerzo y voluntad,
cantando por las faldas van en grupo,
de la vieja Tequia a la gran ciudad.

Un ladrillo no más sobre sus hombros,
carga feliz aquella muchacha,
y Jesús les bendice aquella obra
de trasladar su Tequia a la planada.

Los peregrinos proceden el camino,
y las mujeres elevan la oración,
y el sacerdote, Miranda los recibe
con el canto alegre y solemne bendición.

Así se fundó con amor y gran ternura
esta Miranda que es nuestro gran querer,
y gracias al hermoso santuario que tenemos,
hoy es el pueblito lindo de Santander.

Rosmira Parra Bermúdez.

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